Hace unos días durante un seminario / taller, o como les llaman ahora “workshop”  sobre detección con perros y olfato canino, me di cuenta de un gran fallo que solemos cometer y al que apenas le damos importancia. Bastantes alumnos con perros de todo tipo y edades. Los asistentes estuvimos implicados, interesados en aprender, llovían las dudas y las preguntas. Había hambre de conocer y saber, y además, el docente propiciaba y motivaba estas ganas.

Aunque no era necesario, la mayoría de nosotros teníamos una base teórica y una formación de bastante calidad. Se trataba de gente con formación y una buena Aptitud (con P) para trabajar con sus perros. Esto es lo que habitualmente entendemos por aptitud: una formación, una preparacion, unos conocimientos adquiridos y una serie de cualidades adquiridas.

Pero a mitad del taller, posiblemente porque perros y guías estabamos ya más cansados apareció un gran error que es bastante común. La Actitud (con C) de los guías, o dicho de otro modo,  la manera de interactuar entre el guía y el perro, o de cómo le felicitamos al perro cuando hace algo bien o le llamamos y se acerca a nosotros, por ejemplo.

Desde que nos dedicamos a la domesticación del perro, (o según algunas teorías, desde que el perro decide auto domesticarse), los humanos, buscamos un ser que sea un cachorro eternamente. Que se comporte con nosotros de manera infantil, que nos salude alegremente al recibirnos, que juegue durante toda su vida con una pelota o un palo y nos lo traiga incansablemente, que se apegue a nuestro núcleo familiar y dependa de nosotros para alimentarse, jugar, relacionarse con otros perros y hacer sus necesidades. En definitiva, un eterno cachorro que dependa de nosotros física y emocionalmente.

Por tanto, nuestra actitud con ellos debería ser igual, como si fuéramos  cachorros, pero sin perder nunca la perspectiva de perro y guía.

A pesar de que a algunos compañeros no les gustan las comparaciones entre perros y humanos, es un recurso sencillo y de fácil comprensión.  Intentaré explicarme. Nadie se acerca a un cachorro de humano y le habla como cuando le pedimos un café al camarero de un bar. Solemos elevar el tono de voz de una manera casi histriónica y exaltada. Hacemos gestos y hablamos de una manera que le arrancamos una sonrisa al pequeño. Pues así deberíamos felicitar al perro cuando acude a nuestra llamada o cuando resuelve eficazmente una búsqueda o una tarea que le encomendemos.

Deberíamos felicitarle como de manera alegre, efusiva, ¡¡¡Biiiennnnn!!!, ¡¡¡Muy bueno chico!!!, ¡¡¡Qué bueno el perro!!! y un par de largas caricias desde la cabeza hasta los cuartos traseros, contundentes, que a veces parece que tenemos miedo a que se rompa…

Al igual que no nos comportamos de la misma manera cuando nos toca la lotería que cuando nos dan una mala noticia, al perro en ese momento le acaba de tocar la lotería. Debemos mostrarle la alegría por haber resuelto eficazmente el reto que le hemos planteado.

También es cierto que como hemos comentado en otras ocasiones, todos los extremos son malos, ni debemos ser totalmente planos en nuestra exhibición de ánimo, ni demasiado efusivos que hagamos que el perro se altere en exceso.

Este es un gran problema de actitud, nos formamos, nos preocupamos por aprender, pero fallamos en la interactuación con el perro, como si nos diera vergüenza. A él no le da ningún reparo mostrar su alegría cuando nos ve por la mañana…

Os invito a que hagáis algunos cambios en la manera de felicitar a vuestros perros, vamos a intentar elevar los agudos de la voz, a felicitarle efusivamente como si nos acabara de tocar el viaje de nuestros sueños, a darles largas caricias, y veréis cómo el ánimo y la forma de trabajar de vuestros  perros cambiará, se volverá más alegre y con más ganas de seguir jugando….

Y sobre todo, dediquemos al menos 15 minutos al día en exclusiva para disfrutar con nuestros compañeros…

 

Autor: Jaime Alonso Borde

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